Julieta, mujer organizada, no ha dejado cabos sueltos. Ha repartido las plantas y su precioso gato de angora entre sus amistades más íntimas, ha vendido su ático en el centro de la ciudad poniendo anuncios a página completa en los diarios locales; ha pedido a su familia un juego de maletas Louis Vuitton nuevo; y reservó el coche de empresa con tres semanas de antelación para que la llevase al aeropuerto en fecha y hora convenidas. Todo el mundo se había enterado de su partida. Sabia decisión, pensarían todos, poner tierra de por medio con ese mamarracho. Al fin rompería con el impresentable que tanto daño había causado a su intachable reputación.
El chofer la ha abandonado en la puerta de la terminal de salidas internacionales y ahora recorre el interior del aeropuerto haciendo tiempo. Sonríe para sus adentros pensando en su pazguato favorito. Por muy despistado que sea, sabe bien que se habrá enterado -como toda la ciudad- de la fecha y hora previstas para su partida; que habrá querido ir a despedirla, sabiendo que será el último momento en el que va a poder encontrarla a solas; y que, impuntual e irresponsable como él solo, llegará tarde. Seguramente no recuerde que se embarca una hora antes, o tal vez no haya calculado bien el tiempo que se tarda en llegar montado en su sempiterna bicicleta. Igual equivoca el camino. Julieta sabe que entrará en el aeropuerto, como ha hecho en todas las citas importantes, cinco minutos antes de la hora del despegue, sudando y bufando y tratando de orientarse entre el galimatías de puertas, embarques, mostradores y terminales; que será incapaz de preguntar por muy perdido que se encuentre y que, con mucha suerte, llegará a la gran cristalera que mira hacia la pista justo en el momento en que el avión emprenda el vuelo. Abatido sin duda por no haber podido decirle adiós, se dirigirá a la salida y de ahí al aparcamiento de bicicletas. Y allí estará ella, esperándolo.
Nunca ha tenido intención de tomar ese vuelo. Todo ha sido una estratagema para terminar de una vez por todas con las habladurías de todos, encontrarse de nuevo con su amado y poder planear juntos una huída. Decidirán juntos un destino remoto al que nadie sepa que se han ido, donde nadie los conozca y no tengan que dar explicaciones. Y ahora, que pasado un tiempo prudencial se encamina a donde ha calculado que lo encontrará, no puede evitar una sonrisa de satisfacción. Nada la hace más feliz que acabar saliéndose con la suya.
Romeo, enamorado y confuso, mira a través de la ventanilla. Yo no entiendo nada, piensa. Para una vez en la vida que consigo ser puntual, ella va y no se presenta. Mientras, ve alejarse el aeropuerto hasta que no es más que un punto diminuto, allá abajo, junto a la ciudad de Verona.
